¿Hay una receta? ¿Un método? ¿Un truco? Que hay algo es más que evidente, más allá de una buena práctica arquerística y de lo que se ve cada vez que Sergio Romero vuela a un palo: sus 192 centímetros, o una condición atlética que le permite saltar del medio a casi afuera del arco, como ocurrió en el segundo penal contra Palmeiras que pateó el paraguayo Gustavo Gómez, o la perspicacia para leer el lado que elegirán sus verdugos. Algo tiene, algo lo hace distinto a la media. En eso, que es difícil de descifrar, está la explicación de esta final de Libertadores a la que llegó Boca.

Aunque en estas horas de festejos, exaltaciones y agradecimientos –en el aeropuerto de Ezeiza, en las calles de Buenos Aires, en el estudio de radio adonde fue a hablar– Romero hable con la sabiduría que dan los años y la experiencia (“Es bueno que me pueda seguir divirtiendo a los 36 años”), la explicación de su éxito está en su cuerpo y en su cabeza. En su rodilla sanada –“Sé que a mi esposa no le gusta que lo diga, pero hemos luchado desde hace 15, 16, 17 años con una rodilla bastante molesta, inquieta. Y esta última operación en Boca, con el doctor (Jorge) Batista, nos cambió la vida a nosotros, a la familia y a todo el mundo, porque pasó a ser una rodilla nueva para mí. Sin líquido, dolores, ni molestias”– y en cierto espíritu de intimidación, algo que quizás se haya forjado en aquella escena de “hoy te convertís en héroe” con Mascherano, en la semifinal contra Holanda del Mundial de Brasil 2014. Porque después de aquellos penales atajados a Vlaar y Sneijder, la vida de Romero cambió para siempre. 

La emoción de Chiquito Romero: “A los 36 años me doy el gusto de disfrutar de los penales”

Lo que casi nadie sabía es que su vida –o su carrera deportiva– iba a tener otro punto de giro como el de estos meses con la camiseta de Boca. Lo dijo el propio arquero: estas horas son las más felices de su carrera luego de aquellas del Mundial 2014. 

El método Romero incluye cábalas. O ceremonias. Consiste en que Romero se acerque al arco, toque los dos palos, pise fuerte la línea y se golpee la cabeza antes de cada penal. “Eso nació en 2014 y ya quedó. Viste que cuando uno se aferra a ciertas cosas, sirven. Son cábalas y momentos, y creo que también el tema es que el delantero te tenga que esperar a que hagas todo eso”, dijo ayer en el programa de La 100 en el que participa su pareja, Eliana Guercio

Pero además de eso, y de su talento innato para haber atajado 12 de los 23 penales que le patearon desde que custodia el arco de Boca, Romero se refugia en un equipo que lo asiste y lo acompaña: “Bueno, no voy a hacerme cargo de los penales yo solo. Tenemos un gran grupo de trabajo con Gayoso, con Javi García, Lea. Lo dije ayer. Que ese grupo de arqueros sea tan bueno humanamente…, es un grupo muy bueno y sano. Yo con Javi me conozco desde los 17, 18 años, y es uno de los pocos que me decían: ‘Vos tenés que atajar en este club’. Y yo le decía: ‘Deciles que me llamen. Cómo no voy a atajar…’”.

También se trata de premoniciones. O vaticinios. O, en definitiva, de un autoaliento que luego se transforma en arenga: creérsela. “En la arenga dije que iba a atajar dos. Son momentos únicos el día anterior. Estábamos con Marquitos (Rojo) tirados en la camilla, masajeándonos en las rodillas, y a uno de los kinesiólogos se le ocurrió decirme: ‘Bueno negro, mañana…, nos dijiste contra Almagro que ibas a atajar uno, y atajaste dos. Nos dijiste contra Nacional y Racing que atajabas dos. Mañana tenés que atajar tres’. Ahí sentía adentro mío que algo bueno iba a hacer para mis compañeros.. Y bueno, por suerte se dio”. Y de qué manera.

LT